"Entonces, aún sabiendo que no eran más que sombras, sombras de llamas que se habian ido a arder en otro sitio; llamas que jamás volvería a ver, se puso sin embargo a adorar aquellas sombras y a prestarles como una existencia querida en contraste con el olvido absoluto que iba a venir enseguida. Y todos aquellos besos y todos aquellos mechones de pelo besados y todas aquellas cosas de lágrimas y de labios, de caricias vertidas como vino para embriagar, y de desesperanzas acrecidas como la música o como la noche para el gozo de sentirse crecer hasta el infinito del misterio y de los destinos; una mujer adorada que le agarró tan fuerte que ya sólo le importaba lo que él podía hacer servir su adoración por ella, que le agarró tan fuerte y ahora se perdía en tal vaguedad que ya no la retenía, no retenía ni siquiera el olor exhalado por los vuelos fugitivos de su abrigo, y se crispaba por revivirlo, por resucitarlo y clavarlo ante él como una mariposa. Y cada vez era más difícil. (…) y cada vez le dolía menos haber perdido aquellos besos en aquella boca, y aquellas horas infinitas, y aquellos perfumes que antes le hacían delirar. Y le dolió que le doliera menos, y después desapareció hasta ese dolor."
— Marcel Proust

